Tarde gris, tarde de penumbra, tarde de abril
de aquellos días en los que la esfera solar se hace invisible,
cubiertos por el manto gris de agua que insiste en permanecer
en la insoportable levedad de su ser…
Ha llegado la lluvia,
y con cada gota también fluye la esperanza
de filtrar sobre cada orificio tejido por las gotas de agua,
un rayo de luz –tardío- sobre la alborada.
Cada gota es una nota,
un canto de libertad que desata cuando abandona su prisión,
aquella que la convierte en una masa,
sin sentido, sin forma, sin ilusión.
Con ciertas gotas también llega el intrépido rayo de sol,
su luz, un día, una vida,
su ángulo quizá un prisma de encanto
que nos muestra la belleza infatigable del juego del color.
Color que nace de la fusión del sol
al encontrar el conjunto de moléculas de agua
que se precipitan hacia su fuga final;
donde lo son todo, hasta aquel artista,
que talla sobre la piedra su grito de libertad.
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